Este es un mundo en crisis. Pero muchos estaremos de acuerdo en que la crisis no es sólo económica. La crisis se expande hacia otros campos como el de los valores, la creatividad, la iniciativa, la implicación en diferentes aspectos sociales… Lo bueno de las crisis es que sirven para resituarse, aprender, modificar comportamientos pero antes, siempre, sobreviene el caos.
Las empresas se emperran en aumentar su productividad en cuanto a su volumen de resultados. Olvidan siempre que el mayor capital de una empresa es su capital humano. Es éste el que puede generar mayores rendimientos y por eso el que mejor se ha cuidar.
Podríamos extrapolar este concepto de empresa a cualquier colectividad, desde una familia, una asociación deportiva o una oficina de la administración. Gestionar cualquiera de ellas no es fácil.
Las personas que están al frente de cualquier colectividad deben manejar el timón con mano firme pero, ante la tempestad, saber cambiar el rumbo en bien de los ocupantes de la nave. Tampoco deben dejarse llevar por cantos de sirenas que la harían encallar fácilmente en preciosos arrecifes coralinos y que, irremediablemente, la harían naufragar.
Gobernar cualquier colectividad implica consensuar, mediar en conflictos, delegar, tomar decisiones, establecer prioridades y tener claro que una cosa son nuestros intereses personales, que en muchos casos responden a nuestra propia inseguridad y a nuestro ego, y otra muy distinta los del colectivo al frente del cual estamos.
No es fácil, es un camino lleno de obstáculos porque nunca llueve a gusto de todos, pero franqueable si tenemos la firme voluntad de aprender y personas, a nuestro alrededor, dispuestas a colaborar.